martes, 29 de abril de 2014

El día del Trabajo





El día internacional del trabajo y el derrumbe de la sociedad salarial
Guillermo Gómez Santibáñez
Centro Interuniversitario de Estudios Latinoamericano y Caribeños
Universidad Politécnica de Nicaragua

El obrero es digno de su salario
                                                    Evangelio según san Lucas
La celebración del 1° de mayo como el día internacional del Trabajo, se ha constituido en un hecho emblemático, no sólo en la cultura de la Europa pos-industrial desarrollada y capitalista, sino también en América Latina, donde la llamada “clase obrera” o “el proletariado” ha tenido que enfrentar una larga historia de explotación, expoliación  y atropellos de sus conquistas sociales.
No obstante, éstas están ahora escritas en regla de oro en la Carta universal de los Derechos Humanos; aceptadas y asumidas por los Estados nacionales en sus respectivas constituciones políticas.
El 1° de mayo del año 1886 será siempre una fecha clave en la historia de la lucha por la restitución de los derechos fundamentales del trabajador y su dignidad; cuando la Convención de la Federación de los trabajadores de Estados Unidos y Canadá, en su Asamblea de 1884 convocó a la lucha por una jornada de 8 horas, sustituyendo así las jornadas de 10, 12 y hasta 16 horas de trabajo ininterrumpido.
La jornada de lucha comenzó en las calles de Chicago con 80.000 mil trabajadores a las que se sumaron posteriormente 350.00 trabajadores de toda la Unión Americana, provocando una huelga nacional que paralizaría más de mil fábricas. El día 4 de mayo de 1886 pasó a la historia y se escribiría con sangre cuando en el mercado de la ciudad de Haymarket, mientras estaban reunidos unos 2.500 trabajadores que protestaban por la brutal represión  policial de los días anteriores, estalló una bomba que acabaría con la vida de un policía, hecho que agitaría los vientos de la violencia, a tal grado que el balance de los sucesos dejarán siete policías muertos, cuatro trabajadores y muchos heridos.
El 21 de junio de 1886, ocho líderes laborales fueron acusados de conspiración para asesinato, bajo un juicio plagado de vicios; y donde siete serían sentenciados  a morir ahorcados y el octavo condenado a 15 años de prisión.
Será en el primer congreso de la segunda Internacional Socialista, celebrada en París en el año 1889, donde se fijará el 1° Mayo para ser conmemorado como el día de la “solidaridad laboral”.
Los “mártires de Chicago”, quienes por su liderazgo y su capacidad para interpretar el horizonte de la lucha laboral en el contexto de aquella época, simbolizan hoy el espíritu de una nueva generación de trabajadores que encarnado bajo una nueva visión, un nuevo liderazgo y en horizontes muy distintos, representan los mismos ideales de ayer: luchar por la dignidad del trabajo, por la estabilidad laboral, por la inclusión; por salarios justos y no de hambre, por el derecho a descansar el domingo para estar con la familia y recrearse con ella, y también por seguridad social y mejor calidad de vida.
El pesimismo de muchos hoy día, dominados por el discurso hegemónico del neoliberalismo, que ha fragmentado a la sociedad, los lleva a afirmar que no hay motivos para celebrar el primero de mayo. Si nos pusiéramos bajo esa nube pesimista, confusa, alienante  y amenazante, podríamos sumarnos quizás a ese espíritu derrotista y resignado, sin embargo, nuestra conciencia de clase y acicateada por los avatares de la histórica nos indica que el primero de Mayo, día internacional de los trabajadores, no sólo encierra una conquista social de los trabajadores por las ocho horas laborales, y que aún sigue vigente en nuestros códigos laborales, sino que también representa la conmemoración de un día, que para la conciencia social de la clase trabajadora, no queda en el olvido, ni en el telón de fondo de la historia, sino que constituye un memorial, una anamnesis, es decir, la recuperación de la memoria pretérita, que traída al presente y ritualizada socialmente, actualiza una celebración conmemorativa y en cuyo evento se identifican nuestras propias luchas y esperanzas de liberación de un sistema capitalista explotador y excluyente.
La clase trabajadora nicaragüense, sí tiene motivos para celebrar. Celebrar sus propias conquistas laborales, montadas sobre el ejemplo de los que nos antecedieron e hicieron camino al andar, aún a costa de sus propias vidas. Celebrar no es sólo un acto de satisfacción por eventos remotos o inmediatos, sino que es memoria y ésta memoria nos pone en perspectiva histórica con la tradición, impidiendo que el olvido o la “desmemoria” nos hagan perder nuestras conquistas y doblegar nuestras voluntades frente al sistema explotador.
Las conquistas por las que ofrendaron sus vidas los mártires de Chicago en mayo de 1886, se dieron en el contexto del mundo dominado por el capital industrial, que convertido en poder económico dominante, explotaba a los trabajadores y concentraba el capital en pocas manos.
Comparativamente el modo de producción capitalista fue generador de progreso con respecto a los anteriores modos de producción esclavista y el feudal. El sistema capitalista comienza a gestarse a partir del siglo XVI, pero será hasta la revolución industrial cuando se desarrollará con fuerza como consecuencia de su aplicación al sistema productivo, acompañado por la innovación científica y tecnológica.
La consolidación del modo de producción capitalista tendrá lugar desde mediados del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando el proceso de industrialización hace importantes cambios en la organización de la empresas y el trabajo y en las formas de gestión empresarial apoyados y promovidos por el sector publico.
Estos cambios están marcados por la introducción de la organización científica del trabajo impulsadas por Taylor, que buscaba lograr una economía de tiempo centrada en la división social y técnica del trabajo y en los procesos de racionalización y estandarización de los insumos, los productos y la fuerza del trabajo, lo que hizo posible un incremento sustantivo de la intensificación y la producción del trabajo estableciendo la remuneración según el rendimiento. Otro factor gravitante del cambio va a ser la producción masiva de bienes de consumos durables y homogéneos ante el incremento de la demanda solvente, las inversiones en máquinas y herramientas aplicadas a las manufacturas bajo la figura paradigmática fordista.
La producción masiva y en series largas de productos homogéneos genera economías crecientes de escala y aumenta la productividad aparente de trabajo. Se establece una distribución de las ganancias de productividad, mediante conflicto y/o negociación, que estimula la demanda y genera un crecimiento económico sostenido y estable que los regulacionsitas llaman el “círculo viciosos”.
En América Latina surgieron en esta época movimientos políticos y sociales que algunos llamaron, de forma despectiva y simplista, como populismo. Estos se caracterizaron por su orientación nacionalistas, algunos con rasgos antiimperialistas y por su composición pluralista. Emergieron nuevos partidos político muy críticos de los partidos tradicionales, acusados de defender los intereses de la clase burguesa y las oligarquías locales, y que consiguieron el apoyo de campesinos, obreros y sindicatos. Bajo el sueño de avanzar en la industrialización sustitutiva de importaciones bajo el clima del mundo bipolar, no lograron romper con la dependencia política y económica ni mucho menos convertirse en países capitalistas desarrollados e industrializados.
A comienzos de los años 70, la potencialidad de los proceso de trabajo taylorista y fordista, que dieron un giro en los modos de producción capitalista, iniciaron un proceso de agotamiento tanto en la economía norteamericana como en el resto de los países capitalista. Esto debido a la disminución del ritmo de crecimiento de la productividad, que tuvo su impacto negativo en la política de salarios elevados indexables y en la redistribución del ingreso favorable a los asalariados. Se suma a esto también las crisis del petróleo, que si bien, no fueron gravitantes tuvieron un cierto nivel de incidencia.
Los países capitalistas industrializados se enfrentaron a una crisis que desató una tendencia  generalizada a la disminución de las tasa de ganancia reduciendo las tasa de inversión; fenómeno que a la vez provocó el estancamiento económico, un elevado déficit fiscal y el desencadenamiento de proceso inflacionarios, generando elevada tasas de desocupados y el déficit en los sistemas de seguridad social.
La forma de enfrentar la crisis y evitar la permanente caída de la tasa de ganancias, los países capitalistas industrializados comenzaron a realizar proceso de ajuste estructural con un fuerte impacto interno y repercusiones en los países subdesarrollado con quienes mantenían relaciones comerciales. Las medidas que se adoptaron están establecidas en el llamado Consenso de Washington de inicio de los años 80. Esto implicó una fuerte reducción del déficit fiscal a quién se le responsabiliza de ser causante de la inflación y que significó frenar la incorporación de nuevos empleos en el sector público originado con esto un procesos de privatización de la empresas públicas bajo el argumento de obsolescencia, ineficiencia competitiva, baja productividad, gestiones económica fraudulentas y tarifas subsidiadas por debajo del costo. Esto dio inicio a un proceso sistemático de privatización de los servicios públicos encargados de la reproducción de la fuerza de trabajo como la educación, la  vivienda, la salud, transporte y la recreación, adoptando políticas de moderación salarial.
Esto trajo como consecuencia reformas laborales que se orientaron hacia la reducción de los costos salariales directos y flexibilizaron el uso de la fuerza de trabajo, acabando de ese modo con la legislación vigente sobre salarios mínimos indexables, para sustituirlos por nuevos sistemas de negociación colectiva, descentralizando el nivel desde el sector hacia la empresa permitiendo normas por debajo de los mínimos legales invocando la autonomía colectiva.
El derrumbe del modelo de sociedad salarial y el debilitamiento de un Estado de Bienestar, que en los países Latinoamericanos y periféricos nunca se instaló plenamente, han dado paso a formas generalizadas de precariedad e informalidad que prevalecen en el mercado de trabajo urbano y que hacen que los trabajadores acepten condiciones que no garantizan remuneraciones adecuadas y el acceso a la seguridad social. De este modo no sólo se incrementa la pobreza urbana, sino que de igual manera se produce un proceso de acumulación de desventajas económicas y sociales que se concentran fundamentalmente en colectivos sociales como las mujeres jefas de hogar y jóvenes que no pueden prolongar sus estudios y están desocupados, migrantes internos y externos, poblaciones indígenas y adultos mayores que quedan fuera del sistema de seguridad social.
Entre los años ochenta y la primera mitad de los noventa, los llamados ajustes estructurales generaron en el ámbito laboral la tendencia a la desaparición de la clase trabajadora. En Nicaragua, bajo el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro, el modelo económico neoliberal, con sus políticas de ajuste estructural, según los criterios del Consenso de Washington, empezó a general grandes masas de desocupados, hecho que se comenzó a notar y demostrar a partir del creciente aumento del peso de los “trabajadores por cuenta propia” (TCP) entre la población ocupada, concepto que es mucho mejor entendido desde una lógica no capitalista, y que busca superar la denominación peyorativa de un indicador del crecimiento de población inmersa en trabajos “informales”  o “marginales”, bajo la lógica de los excluidos del sistema de producción capitalista.
Como consecuencia de este modelo económico, una masa importante de trabajadores asalariados fueron excluidos del sistema, por las nuevas políticas privatizadores, privilegiando la mano de obra calificada y codificando el sistema laboral bajo otras reglas, desmontando el sistema de seguridad social que garantiza los derechos básicos de los trabajadores.
El sistema capitalista, bajo el modelo neoliberal, genera una gran cantidad de desempleo en Nicaragua, expulsando a una considerable masa joven, con capacidad de producir, a su propia sobrevivencia.
En Nicaragua se registran unos 46.000 afiliados a la Confederación de Trabajadores por Cuenta Propia de Nicaragua (CTPCP), y en todos los países de la periferia del sistema capitalista suman más de 80.000.000. Los trabajadores por cuenta propia son el producto de la explotación de un mercado excluyente que precariza al trabajador y niega su condición de proletario invisibilizandolo en el sistema.
Este fenómeno  se puede comprender mucho mejor si lo abordamos desde el concepto de estructura como una categoría de análisis de la sociedad. Ello nos remite necesariamente al concepto de estratificación, es decir, al tema de las desigualdades existentes entre los individuos, constituyendo grupos sociales diferenciados entre sí. De esta conceptualización se afirma la idea de totalidad e interdependencia, para poder plantearnos el estudio microsocial de algunas de las partes constitutivas de la estructura.
Los diversos enfoques teóricos sobre los análisis de las sociedades, tanto en su conjunto como en su diferenciación, nos plantean que el factor económico resulta ser determinante de la diferenciación social. Este acceso a los recursos económicos, de forma diferenciada, se muestra en distintas esferas de la vida como por ejemplo en las pautas de consumo, estilos de vida etc.
La consideración de observar y analizar el fenómeno de los trabajadores por cuenta propia, en el contexto del modelo de desarrollo capitalista, tiene que ver necesariamente con la estructura económico-social y la distribución del trabajo social entre los individuos y el ámbito de la producción y la actividad económica.
Por otra parte este fenómeno, que se da en nuestra sociedad, de una forma más acentuada y prolongada, tiene que ver con que la estructura económico-social nos permite ver dos tipos de relaciones sociales: las que son de tipo salarial y las que son de tipo mercantil. Las primeras son de la forma de producción capitalista, que vinculan a los empleadores con los trabajadores a través del salario. Las segundas son denominadas así porque se desarrollan sólo en el ámbito del mercado, y no en el proceso de producción o en el proceso de trabajo -como ocurre en las relaciones salariales.

Entablan relaciones mercantiles los trabajadores propietarios de sus condiciones de trabajo, los llamados trabajadores independientes, que se desenvuelven en actividades relacionadas con la producción de tipo artesanal, la comercialización y los servicios. Estos trabajadores establecen relaciones sociales a partir del acto de compraventa de mercancías producto de trabajos diversos.
Si aproximáramos un concepto sobre trabajadores por cuenta-propia diríamos que es toda persona que desarrolla su actividad utilizando para ello sólo su propio trabajo personal, vale decir, no empleando personal asalariado y sólo contando con sus propias instalaciones, instrumental o maquinaria. Se incluye en esta categoría también a las personas que son socios activos de cooperativas de producción o de sociedades de personas que no emplean asalariados y a la persona que es trabajador a domicilio o en su domicilio y que mantiene relación con más de un establecimiento.
Los Trabajadores cuenta-propia, afiliados en Nicaragua a la Confederación de Trabajadores por Cuenta Propia, (FNT-CTCP) manejan el concepto de Economía Social Solidaria para identificarse con una economía organizada, política, social y económicamente por los trabajadores en función de los intereses de ellos mismos y nacidas del seno de la economía popular. Es una economía a pequeña escala, asociativa y autogestionaria que se empieza a hacer cargo de los medios de producción, el transporte, el crédito y el comercio, tanto a nivel urbano como rural. Esta economía solidaria, de tipo mercantil, busca constituir un sistema alternativo al sistema capitalista, quiere ser un socialismo comunitario, que vuelve a las personas en sujetos económicos mediante la asociatividad, cooperativas o una  organización gremial que supere la condición de aislamiento para transformarlos en asociaciones de trabajadores-productores que autogestionan las diversas ramas de la economía.

Bibliografía
Ahumada, G. (1995) Los trabajadores cuenta propia como categorías de análisis. Buenos Aires: CLACSO.
Alvarez, S. (Comp) (2005) Trabajo y producción de la pobreza en Latinoamérica y el Caribe. Buenos Aires: CLACSO.
Núñez, O. (2011) La Economía Social Solidaria en las Naciones Proletarizadas y el Proletariado por Cuenta Propia en la Transformación del Sistema. Managua: CIELAC/CLACSO.

miércoles, 23 de abril de 2014

El Ajedrez de Dios





La derrota de Dios
Guillermo Gómez Santibáñez
Teólogo
Director del Centro Interuniversitario de Estudios Latinoamericanos y Caribeños

Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que nos salvaremos es fuerza de Dios  (1 Cor.1, 18)

La llamada semana santa o semana mayor, nombre que le da la tradición cristiana al evento salvífico, cuyo núcleo es el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, es reactualizada por la Iglesia y los cristianos cada año como memoria de fe, de esperanza y de amor. Sobre este evento, mucho se ha escrito por siglos, ya sea a favor o en contra; pero jamás ha dejado de ser un motivo de reflexión para ninguna generación.
Quiero hacer una reflexión crítica sobre la cruz de Jesús de Nazaret, pero desde una mirada distinta, quizás no acostumbrada, digamos, desde un “no lugar teológico[1]”; o desde una “cristología desde abajo[2]” por usar una expresión de W. kasper.(1984)
Cierto día leí en el muro de facebook de un amigo algo que me pareció que rayaba en la herejía; “que la muerte de Jesús en la cruz nos traía éxito y prosperidad”. ¡Vaya! eso me sonó a un evangelio con olor a economía social de mercado, propia del neoliberalismo. Para los fundamentalistas de la ideología del mercado, éste equivale a prosperidad y la prosperidad equivale a mercado y para alcanzar ambas, el economista asesor no trepida en abrazar aquella indiferencia antropófaga ante la vida concreta de cada hombre y de cada mujer, tal como el teólogo medieval hacía lo suyo por amor a la salvación futura. La religión del mercado se justifica teológicamente exigiendo a quienes desean el disfrute de los beneficios de la gracia santificante tocar el cielo de la riqueza pasando por el purgatorio de miserias, negando sus derechos más elementales a costa de exclusiones, inestabilidad laboral y precariedad en el empleo.
Solemos hablar más de la victoria de Dios en la cruz; así se nos enseñó en la apologética cristiana. No concebimos ese evento humano/divino como una derrota. La derrota de Dios en la Cruz hay que entenderla desde otra lógica. Nunca desde los poderes del sistema dominante, ni mucho menos desde la lógica moderna del mercado. Desde ahí nunca se triunfa a la manera de Dios, sino a la manera humana, porque sólo los poderosos ganan. Los humildes siempre son excluidos y aniquilados. Decir lo contrario es un triunfalismo, es arenga, porque no se derrotan los sistemas, ni las estructuras, sino que se transforman, pero para bien o para mal. Se pueden hacer más justas, pero siempre a un alto costo social y político. La ambición humana siempre dominará el corazón de los sistemas sociales. Los héroes que han muerto por causas como las de Dios en la cruz están todos muertos y en su mayorías antes de tiempo, excepto Mandela, que murió de viejo y de muerte natural hace poco. Pero ellos no fueron exitosos, ni prósperos a la manera del mundo, porque no buscaron el lucro, ni el bienestar personal como un trofeo. Ellos no buscaron el poder por el poder, sino que lucharon por la justicia y la igualdad, por el bien de los más pobre, al igual como Jesús.
Cuando los evangelio narran que Jesús dijo en la cruz: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? esa es la expresión más desoladora y desgarradora que he leído. Todos huyeron, lo abandonaron, incluso lo discípulos más íntimos; sólo unas cuantas mujeres, como María Magdalena, María, madre de Santiago el menor, y de José y Salomé (Mc. 15,40) se hallaban a distancia. Desde la perspectiva humana, frágil y soberbia, la cruz es la más absoluta derrota de Dios, porque es la derrota del propio hombre por el hombre. Ya lo decía Hobbe en su Leviatán: homo homini lupus “el hombre es lobo del hombre”
La cruz es muerte, derrota, desolación, nunca una victoria y mucho menos éxito o prosperidad. Desde la lógica de la cruz, la vida hay que verla con otros ojos, con los ojos de la fe, de la esperanza y del amor; pero nunca para conquistar el mundo y los manjares del mercado, sino para que se avecine el Reino de Dios que es justicia y paz.
Dios no ganó en la cruz. La cruz fue su derrota. Desde los poderes del mundo y sus estructuras de maldad, Dios perdió. La muerte de Jesús en la cruz obedece a otra lógica; no es la lógica del mundo y sus estructura de poder las que justifican una victoria de Dios, desde ahí es pura derrota. El propio Jesús vivió la tentación del desierto narrada por Lucas (cap.4, 5-7) donde se anticipa la suerte que correría si se sometía a la lógica del mundo: “Te daré todo ese poder y su gloria, porque a mí me lo han dado y lo doy a quine quiero. Por tanto, si te postras ante mí, todo será tuyo”. Es por esto que es innecesaria la defensa de Dios desde esa lógica, porque sólo busca una victoria que no fue. Desde esa perspectiva se confunde lo real con lo falso, al héroe con el antihéroe, el éxito con la humillación, el conflicto con la paz, a Superman con Dios. Gandhi no era cristiano y precisamente no lo fue por los mismos cristianos, no por Jesús, y sin embargo, murió por una causa como la de Jesús. Era necesaria su muerte para que Inglaterra dejara libre a la India, pero la India sigue igual, con millones de pobres, aunque hayan cambiado muchas leyes, gracias a la muerte de Gandhi. La lógica de la muerte de Jesús entonces, hay que verla como una derrota ante los imperios de maldad que tiene en sus manos todo el poder. Jesús no fue Superman, ni el guerrero semidios Hércules. El fue profundamente humano y como humano sufrió su derrota en la cruz, de manera muy desoladora. Si primero no entiendo la humanidad de Jesús y su misión humana en el mundo de su tiempo y de su propio contexto, entonces no he entendido nada de su misión y su obra salvífica. Sin embargo, la derrota de Dios en la cruz, no significa su total fracaso en su empeño de amor. Este misterio sólo es posible comprenderlo en la claridad de mi propia derrota, mi fragilidad y mis limitaciones humanas. Desde aquí puedo entender mejor por qué Jesús murió y luego resucitó. Si yo no puedo entender ese misterio de su encarnación en mi propia existencia, entonces he fabricado a un ídolo y por tanto a un Dios falso, producto de la pura imaginación humana. De ahí tanta gente confundida con una vida cristiana de papel, una espiritualidad light; que busca el éxito y la prosperidad como baratillo de mercado. Jesús no nos llama a la riqueza ni a la prosperidad, lamento mucho no poder decir lo contrario, pero en su Evangelio no hallo otro camino, ni otra enseñanza que la del desapego. El mismo lo dice: “las aves tienen nido, las zorras guarida, pero yo no tengo donde reclinar mi cabeza”. Su ejemplo fue la donación de sí y la renuncia. El camino de Jesús no es el del éxito ni el de la prosperidad, sino el camino de la cruz. Es a ese camino que somos llamados por Jesús;  el camino de la cruz, camino de derrota primero, de negación de uno mismo para luego conquistar la vida, la esperanza y el amor. Sólo así es posible ver la luz del Reino de Dios, que es la verdadera victoria; victoria que somete la muerte y la transforma en Resurrección.


[1] Los “lugares teológico” constituyen aquellos criterio a que la Iglesia y la teología deben recurrir para garantizar que una determinada interpretación de la Escritura corresponde realmente al sentido que el Espíritu quiso darle en el proceso revelatorio que el mismo inspiró (Bentué, 1995). Un “no lugar teológico” vendría a ser la lectura en la que Dios nos sorprende con su escándalo y revierte nuestra pobre teología y nuestra falsa fe para darnos otro horizonte de sentido de su presencia histórica y profética. Un ejemplo claro de esto fue el hecho que la teología de la Liberación ubicara a los pobres de América Latina como “lugar teológico” y afirmara que éstos nos evangelizan.
[2] En una cristología ascendente, o desde abajo, el ser de Jesús se constituye en por su historia.

martes, 12 de noviembre de 2013

Fé y Razón





San Agustín: Fe y Razón



Guillermo Gómez Santibáñez

Profesor de Filosofía



“Fidesquaerit, intellectusinvenit”
la fe busca, el entendimiento encuentra

El filósofo español Julián María, decía que no existe una Filosofía cristiana, sino más bien un filosofar en la fe. De igual manera, Rafael Gambra (2001), otro pensador español, afirma que el cristianismo no es una filosofía, sino una religión. Visto así, entonces, conviene identificar primeramente qué tipo de relación fue la que se generó entre el cristianismo y la filosofía y en la que San Agustín, obispo de Hipona, se convertiría en su más emblemático y genial exponente bajo la tradición filosófica cristiana en su apogeo de los primeros siglos.
El cristianismo debe la entrada de la filosofía en su sistema teológico a dos grandes figuras: Clemente de Alejandría y Orígenes, padres de la Iglesia de los siglos I y II. Ambos teólogos, se formaron en dos grandes escuelas teológicas; Alejandría y Antioquía. La primera cultivó un marcado interés por la investigación metafísica del contenido de la fe y la preferencia por la filosofía platónica y la segunda puso su énfasis en la filosofía de corte aristotélico.
Bajo esta influencia se puede desprender  que en la medida que el cristianismo se fue expandiendo tuvo la imperiosa necesidad de exponer, con mayor claridad y férrea defensa, sus verdades y su moral frente a sus adversarios. Esta actitud apologética de los padres de la Iglesia, que llegarían a hacer uso de categorías filosóficas para dar razón de su fe en la  formulación de los dogmas cristológicos principalmente, llegaría a su apogeo en la persona de un pensador africano de gran talante y de una mente brillante y creadora por excelencia como lo fue Aurelio Agustín.
Aún cuando hubo detractores, dentro del mismo cristianismo de los primeros siglos, que no conciliaban una relación entre Filosofía y Teología, por la misma naturaleza del objeto de su conocimiento (fe y razón); como un Tertuliano, que se opondrá enérgicamente a la filosofía; emergerá también un Justino, que mostrará su simpatía por ella y el mismo recibirá el seudónimo de “el filósofo”. Pero será sólo hasta la aparición de San Agustín que la Filosofía entrará por la puerta ancha y se le impondrá un sí positivo.
Dentro de lo que podríamos señalar como relación entre cristianismo y filosofía está el hecho que la llamada filosofía cristiana será el resultado de un intento de síntesis entre dos supuestos fundamentales de la tradición filosófica pagana; por un lado, la inteligibilidad natural del mundo y la razón como facultad principal del conocimiento y por otro, las verdades reveladas por la nueva religión.
No siendo el cristianismo una filosofía, por cuanto el conocimiento que aporta proviene del dato de la revelación y no de la razón, éste, con fines apologéticos, utilizó las categorías filosóficas griegas para dar razón de su fe y de su verdad moral. Los primeros cristianos, que hicieron uso de esta ciencia fueron llamados Padres de la Iglesia, por consiguiente a la filosofía cristiana se le llama Patrística.
Algunas de las características principales que tuvo la influencia del cristianismo en las circunstancias históricas particulares de la época fueron las siguientes:
a)      Creó un campo nuevo de conocimientos
b)      Su objeto es la revelación divina recibida por la fe
c)      El centro de la verdad está en Dios, destino supremo y trascendente y no en la razón.
d)     Tendió un puente entre la filosofía y la fe bajo el concepto del logos.
La filosofía patrística se alimentó de tres vertientes:
  1. El neoplatonismo. Se constituyó en un aliado natural del cristianismo pues adopta elementos aristotélicos, estoicos y pitagóricos y los entrecruza sutilmente con inquietudes religiosas orientales.
  2. El aristotelismo. Resultó más difícil el uso de sus categorías en el plano teológico por su carácter empirista y materialista.
  3. El estoicismo. El alma de esta corriente fue su ética, que glorifica al hombre, que frente a sus pasiones, entendida como impulsos desordenados nacidos de juicios erróneos sobre valores, permanece imperturbable ante los placeres y el dolor, poniendo la virtud por encima de ellas.
En su evolución histórica, podríamos mencionar tres periodos que se destacan de la filosofía patrística:
1.      Periodo de iniciación o formación. (siglos I al IV a.C)
  1. Periodo de transición. (siglos V al VIII a. C)
  2. Periodo escolástico, (siglos IX al XIV a. C); que a su vez se divide en:
a) Periodo de iniciación (siglos IX a XI)
b) Periodo de madurez (siglo XIII). Abelardo, San Bernardo
c) Siglo de Oro. (siglo XIII). Aristotelismo cristiano
d) Periodo de decadencia (siglo XIV).


La evolución espiritual de San Agustín
Aurelio Agustín (Tagaste,354-430 d.C), se destacará, más que ningún otro pensador, por su indiscutible lealtad interior. Entre su pensamiento y su vida hay una coincidencia que da cuenta de su profunda conversión interior y que vendrá luego a significar, tanto en su  reflexión teológica como filosófica, un giro copernicano en el pensamiento cristiano occidental.
Cartago, Roma y Milán, son tres ciudades que se constituirán en un horizonte referencial para Agustín, no solo en su periplo filosófico, sino que también en su problema existencial.
El itinerario que realizó Agustín por cada una de estas ciudades marcará profundamente su vida y pensamiento. Será en Cartago donde tendrá dos experiencias significativas. Bajo la influencia del obispo Ambrosio de Milán Agustín toma contacto con la filosofía con su lectura del Hortensio de Cicerón.
“En verdad semejante libro cambió mis afectos y modificó mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros. De repente apareció a mis ojos viles toda esperanza vana, y con increíble ardor de mi corazón suspiraba por la inmortalidad de la sabiduría,..” (San Agustín)
En Cartago también Agustín abraza el maniqueísmo, corriente en la que pasará nueve años y cuyo núcleo doctrinal contiene un dualismo radical entre el principio del bien y del mal, no sólo en su dimensión moral, sino que también en su constitución metafísica.
“Los maniqueos afirmaron la existencia de dos principios distintos entre sí, opuestos, y al mismo tiempo eternos y coeternos y, siguiendo a otros herejes antiguos, imaginaron dos naturalezas y substancias, la del bien y la del mal. Según sus dogmas, afirman que estas dos substancias se hallan en lucha y mezcladas entre sí”(San Agustín)

En su partida hacia Roma, Agustín logra desprenderse de su relación con su madre Mónica, con quien le ataban fuertes lazos de afectividad y dependencia y emprende viaje sólo. Su estancia en Roma marcará dos hechos fundamentales, su contacto y relación con la filosofía de los académicos lo llevará a un rompimiento con el maniqueísmo, y por otro lado, desarrollará su teoría del libre arbitrio en contraposición al determinismo maniqueísta. En los filósofos académicos Agustín se sintió interpretado en su estado de ánimo.
“Tenía la idea de que los más talentosos de todos los filósofos fueran los académicos, en cuanto habían afirmado que es necesario dudar de toda cosa y habían sentenciado que para el hombre la verdad es totalmente incognoscible”(San Agustín)
Ya en Milán, Agustín tendrá un encuentro clarificador y decisivo con el neoplatonismo que determinará sus categorías filosóficas para construir su marco teórico frente a las dificultades para explicarse el status ontológico de bien y el problema maniqueo de la realidad substancial del mal. Agustín habría de encontraren Milán una nueva luz con qué iluminar al hombre y el universo.
La actitud filosófica de San Agustín
El pensamiento de Agustín va a recibir una fuerte influencia de Plotino, que al construir su sistema filosófico, bajo categorías neoplatónica, abrirá su mente a la contemplación de las verdades eternas que existen por sí en el mundo del espíritu.
Para San Agustín, encerrado en un esquema materialista y bajo una concepción maniquea; dualista y substancial del mal, su conversión radical y la acogida de la fe de Cristo, serán derroteros fundamentales, no sólo de su vida, sino también de su pensamiento. La fe, vivida y reflexionada desde la filosofía, será en adelante el horizonte abierto e inconmensurable hacia la búsqueda de la verdad. Para Agustín es fundamental explicar la relación entre el alma humana y Dios y será en esta dialéctica que la fe y la razón se harán aliadas y se constituirán en instrumentos complementarios para encontrar la verdad.
El sistema filosófico agustiniano busca establecer que la certeza primaria para el hombre está en su propia experiencia interior:
“Puede disputarse si las cosas en general y el alma en particular están hechas de fuego, de aire o de otro elemento; pero de lo que no duda ningún hombre es de que vive, obra, piensa, ama o desea” (San Agustín)
Agustín se atreve a platear una metafísica de la interioridad donde a solas consigo mismo el hombre descubra su yo más íntimo y desnudo. La novedad de esta premisa es el desplazamiento que hace Agustín desde el problema del mundo exterior, el cosmos, al problema del mundo interior, la conciencia del hombre. El verdadero misterio entonces no reside en el mundo, sino en las profundidades del alma humana.
¡Qué misterio tan profundo que es el hombre! Pero tú, Señor, conoces hasta el número de sus cabellos, que no disminuye sin que tú lo permitas. Y sin embargo, resulta más fácil contar sus cabellos que los afectos y los movimientos de su corazón”(San Agustín )
Agustín ha dado un salto cualitativo en su metafísica, con relación  al filósofo que lo inspira, Plotino; porque la antropología abstracta y despersonalizada de este último, contractará con la de Agustín, que en sus Confesiones, su obra maestra, ausculta su propia alma, y en sus tensiones y desgarramientos más profundos de su voluntad, enfrentada a la voluntad de Dios, es donde descubriendo su “yo”.
Este hallazgo intimista y contemplativo de Agustín se distanciará también del intelectualismo griego que en general había reducido la voluntad a un lugar muy insignificante. Es aquí donde radica el aporte novedoso del pensador cristiano, en su capacidad de poner en contradictoriedad su propio desgarramiento interior; su voluntad, que luego de un tormentoso peregrinaje existencial, abdica enteramente de su propia voluntad para rendirse a la voluntad de Dios.
“Fuimos creados para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”(San Agustín)
Para Agustín, el alma es una sustancia viva de naturaleza espiritual, creada por Dios, “creatio ex nihilo”, (creación de la nada), y habita en un cuerpo como en prisión anhelando siempre su bien.
Para la filosofía griega la voluntad no es una fuerza autónoma de la vida, sino un dato inmediato en función del intelecto. Este es el que determina la dirección hacia dónde dirigirse, y por tanto, la voluntad no constituye objeto de reflexión, en este sentido, el sentimiento religioso que embarga a Agustín formula un nuevo paradigma porque enfrenta la contradictoriedad del querer que finalmente se rinde a la voluntad divina descubriendo el “yo” como persona. Es verdad que el concepto de persona será muy posterior en el desarrollo del pensamiento filosófico y no propio de Agustín, sin embargo, estos serán antecedentes que servirán como punto de partida de diferentes sistemas filosóficos y teológicos, construidos en el periodo medieval y moderno.
La filosofía cristiana de Agustín se apoya en dos cimientos importantes: el alma y Dios. A Dios se le encuentra no en la contemplación del mundo, sino en las profundidades del alma, por cuanto ésta contiene las claves de Dios:
“Conocerse a sí mismo, como nos invita a llevar a cabo el consejo de Sócrates, consiste según Agustín en conocerse en tanto que imágenes de Dios. En este sentido, nuestro pensamiento es recuerdo de Dios, el conocimiento que se encuentra en El es inteligencia de Dios y el amor  que procede de uno y de otro es amor de Dios. En el hombre, por tanto, hay algo más profundo que el hombre mismo. Lo que de su pensamiento permanece oculto (abditummentis) no es más que el secreto inagotable de Dios mismo; al igual que la suya, nuestra vida interior más profunda no es otra cosa que el desplegarse dentro de sí misma del conocimiento que un pensamiento divino posee de sí, y del amor que se dirige hacia sí”(EtienneGilson)
San Agustín y el problema del conocimiento
En su teoría del conocimiento San Agustín desarrolla la teoría de la iluminación, término que no se debe confundir con un hecho de gracia o acto sobrenatural, sino más bien con el carácter a priori del espíritu, que al sugerir su relación vertical libra al hombre de creer su absoluta autonomía. Más allá todavía está el ser, el bien y Dios.
En su teoría, Agustín afirma que el alma humana conoce no sólo las cosas materiales, sino también su esencia. (las ideas universales de Platón). Sin embargo, contrario a Platón, para Agustín el alma humana no es preexistente, sino creación de la nada. Entonces, surge el problema de dónde y cómo llegan al alma los criterios de conocimiento que hacen posible juzgar las cosas, siendo estos criterios superiores a las cosas mismas.
“Mientras el principio valorativo, mencionado, que preside el juicio, es inmutable, la mente humana, en cambio, aunque le sea concebido elaborar tal principio, es susceptible de mudanza y error. Por tanto es preciso concluir que por encima de nuestra mente hay una Ley que se llama Verdad, y no hay duda de que existe una naturaleza inmutable, superior al alma humana…El alma, pues, aun sintiéndose superior a los objetos a los que aplica su propio juicio, no puede ignorar que no ha sido ella quien ha inventado y regulado el principio juzgado que le sirve para reconocer la forma y los movimientos de los cuerpo. Además debe inclinarse ante la superioridad del valor del cual extrae el criterio de sus propios juicios y del que ella en ningún caso puede constituirse en juez”.(San Agustín)
Para Agustín la verdad es la medida de todas las cosas y su noción de verdad se constituye en el eje fundamental de la relación alma-Dios. El mismo, busca la verdad en su interior y luego afirmará con certeza: Dios es la verdad.
Este proceso cognoscitivo que explica el sistema filosófico de Agustín, refleja de algún modo, su propia existencia, ya que en su vida se halla la razón de ser de sus exposiciones doctrinales. La personalidad de Agustín recibe el dinamismo de tres fuerzas que se constituyen en cimiento y fuente de su filosofía: la razón, la fe, y el amor. Las tres actúan de forma conjunta



Se puede esquematizar así:




Desplegando este círculo integrador podríamos explicar este proceso del siguiente modo:



    Búsqueda de la verdad                  FE           +          AMOR                               DIOS               
                                                                                                                                         

                                                          entiende                         cree para que                      FILOSOFÍA
                                                     para que creas                      entiendas


El problema del conocimiento para Agustín es poder justificar la verdad. El conocimiento es una visión que se hace posible por la acción iluminadora de Dios que opera sobre la inteligencia. La búsqueda de la verdad es obra de la razón, facultad natural del ser humano, que lo dispone para la fe formulando el objeto en que ha de creer y discerniendo, bajo los criterios del conocimiento, lo razonable para aceptarlo: “intellige ut credas” (entiende, para que creas). Luego, la fe, que es un dato de la revelación, don  supraracional y sobrenatural, ilumina el entendimiento para aceptar la verdad: “crede ut intelligas” (cree, para que entiendas), y muestra el camino para llegar a ella; el camino del amor. Agustín no está interesado en una explicación intelectual para demostrar a Dios, sino en gozar de Él para llenar el vacío de su alma (frui Deo).
Ser, Verdad y bien, son atributos esenciales de Dios y es aquí donde podemos identificar el aporte original del sistema filosófico de Agustín, en que las ideas o verdades eternas son ideas de Dios, son los arquetipos que hacen del mundo una creación de Dios.
Cuando el ser humano ha alcanzado la verdad, es porque ha pasado a la interioridad más profunda del alma y luego allí, al descubrir su yo más íntimo, se encuentra con el principio de toda verdad que es Dios, Verdad Suprema.


Bibliografía

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